Ellos cambian el mundo. Personaje de la semana: Rosa Pinedo

El día de hoy les presentamos a Rosa Pinedo, una artesana que pone todo su amor en las piezas que elabora. Su deseo más grande es transportarnos a través del tiempo y las regiones de nuestro país para conocer más sobre la cultura Shipibo Conibo. Rosa sabe lo valioso de sus productos: la calidad, la técnica con la que fue elaborada y la esencia peruana que transmite. A continuación, sabremos más de ella. 

Escribe: Andrea Ramírez

“Yo empecé a trabajar con la artesanía cuando tuve a mi primer bebé. No tenía a nadie que me apoyara y necesitaba cuidarlo. Yo necesitaba trabajar en casa y opté por este oficio. Me gusta el arte: me gusta pintar y bordar”. Efectivamente, Rosa Pinedo es una apasionada por el uso de las telas que la representan. Ella utiliza el hilo como un pintor usaría un pincel. “Lo aprendí de mi mamá”. Desde los ochos años, se reunía con su mamá para crear formas en el pedazo de tela que ella le regalaba. “Me inspiro en los animales, los paisajes y la naturaleza. Eso es lo que empecé a bordar y lo que más disfruto ilustrar hasta ahora”, nos comenta. 

En sus primeros recuerdos, se recuerda a sí misma rodeada por la naturaleza. Descifrando la forma de las hojas y admirando los colores que encontraba en el panorama. Fue su mamá la que decidió dejar la comunidad en la que vivían y trasladarse a Lima, en busca de mejores oportunidades laborales: 

“En las zonas rurales, el servicio de educación es de baja calidad. Mi mamá deseaba una mejor vida para nosotros y para ella. Recuerdo que ella quería estudiar. Fue así como llegamos aquí. Lo que hacíamos allá nos hacía pensar que no estábamos haciendo un trabajo real”, afirma con tonos de nostalgia. Además, confiesa que, cuando era niña, las personas y el ambiente que la rodeaban le hicieron preguntarse si los bordados eran comerciales. Eran más un pasatiempo y para uso personal. Lo usaban como prendas de vestir del día a día. 

Para Rosa, cada bordado tiene su propia historia. Cada diseño, es un reflejo de sus vivencias y los colores representan sentimientos. “Mientras uno borda, se va inspirando. Vas recordando momentos y experiencias. Te vas imaginando qué quieres contar y cómo lo vas a hacer. Es una actividad muy bonita para uno mismo”, admite. 

A los 20 años, decide volver al bordado. Acompañaba a su cuñada y, al momento que la vio con el hilo en la mano, Rosa se animó a imitarla. Poco a poco, un hermoso diseño se reveló y quienes estaban a su costado pensaban que era una experta en el oficio. Ahora se dedica al bordado a tiempo completo.

Según nuestra querida Rosa, artesana de oficio, la pandemia significó un paro abrupto e inesperado. No estaba preparada para eso. “En la comunidad en la que vivo ahorita, solo algunas madres salen a vender sus productos pero otras, como yo, debemos priorizar las labores en casa. Hay madres que viven del día a día por lo que ganan con sus piezas”.  

Eso no fue lo peor. Un día, las autoridades locales fueron a la comunidad de Cantagallo (donde vive) y detectaron que la gran mayoría estaba contagiado de Coronavirus. Por lo tanto, se procedió a aislarlos. A pesar de eso, Rosa y cinco mujeres más no dejaron sus labores como artistas textiles. 

Ya cuando la conversación y la confianza se intensificaron, Rosa nos reveló qué es lo que piensa sobre sus compatriotas y cómo estos valoran su labor:

“La verdad es que siento que no todos conocen o no quieren apreciar el valor de nuestro trabajo. Cuando damos un precio, siempre nos están cuestionando por qué pedimos eso a cambio u opinan que estamos exagerando. Ellos no saben lo que nosotros invertimos: tiempo y energía. Este es nuestro trabajo, como todos los demás. A veces, llega la noche y sigo trabajando. Pienso que no lo valoran lo suficiente. Los extranjeros lo admiran más y nos buscan. No es justo. Nosotros tenemos que adaptarnos a los demás. El bordado es parte de mí.”

Esto debe cambiar porque Rosa, más allá de ser una artesana, es protectora de nuestras técnicas textiles ancestrales. Lo que transmite en sus piezas es la cultura Shipiba. “Quiero que conozcan más nuestra artesanía y que valoren realmente a sus productos. Por eso, lo hago con mucha delicadeza, dedicación y amor”.

A pesar del difícil momento en el que se encuentra ahorita, Rosa no piensa rendirse. Su hijo está aprendiendo más del bordado y la acompaña mientras trabaja. Este es un claro ejemplo de lo vital que es  cuidar a nuestros artesanos y asegurar su prevalencia por muchas generaciones futuras.

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